El autor es Juez de Cámara de Responsabilidad Penal Juvenil de Catamarca y vocal titular de la Red de Jueces y Juezas Penales de la República Argentina.
Miembro de la Red de jueces del UNICEF y del Foro Penal Adolescente de la Jufejus y Consejero Directivo de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Catamarca.
Cada vez que un hecho conmueve, la escena se repite. Alguien toma el micrófono (político, mediático o indignado) y pronuncia la fórmula mágica; “puerta giratoria”. La dicen como si fuera una verdad evidente, como si en esa frase se condensara toda explicación posible del delito, como si el problema fuera, simplemente, que la Justicia “los deja salir”.
Pero no. La puerta no gira. La que gira (y con precisión casi perfecta) es otra cosa; el discurso que necesita simplificar la realidad para volverla funcional, un discurso que fabrica enemigos fáciles, respuestas rápidas y soluciones que tranquilizan, aunque no resuelvan.
La llamada “puerta giratoria” no describe un fenómeno; construye un sentido. Funciona como coartada, como excusa, como dispositivo que habilita la expansión del sistema penal sin necesidad de discutir sus límites, su eficacia ni su legitimidad. Cuando el delito preocupa, se ofrece más prisión; cuando el miedo crece, se responde con endurecimiento; cuando las estadísticas incomodan, se señala a los jueces.
Y así, el mito ordena el debate; habilita reformas regresivas, amplía los márgenes del encierro, flexibiliza garantías y convierte a la prisión preventiva (que debería ser excepcional) en una herramienta de uso corriente, en algunos casos incluso en una pena anticipada. Mientras tanto, lo verdaderamente estructural queda fuera de escena; la desigualdad que se reproduce, el abandono escolar que expulsa, la marginalidad que se hereda, el consumo problemático que no encuentra respuesta y la ausencia del Estado donde más se lo necesita.
Nada de eso entra en el eslogan ni cabe en un título urgente ni rinde electoralmente. Pero hay algo que sí es verificable; las cárceles están llenas, no metafóricamente sino físicamente, con pabellones saturados, colchones en el piso y condiciones que desmienten cualquier idea de racionalidad punitiva. Y, sobre todo, un dato que incomoda; una proporción altísima de personas privadas de libertad sin condena firme.
No porque la puerta gire, sino porque el encierro se adelanta. Porque la prisión preventiva se expande más allá de sus límites constitucionales, muchas veces como respuesta inmediata a la demanda social de castigo, como forma de mostrar eficacia donde lo que falta es política pública.
Ahí está la paradoja; si realmente existiera una “puerta giratoria”, las cárceles no estarían desbordadas, no habría miles de personas esperando juicio tras las rejas ni una privación de libertad que, en los hechos, funciona como condena sin sentencia.
La libertad no es un gesto discrecional ni depende del humor de un juez ni del clima de época; se restringe bajo reglas, con criterios y con límites. La Constitución no es ambigua; la inocencia es la regla, la prisión preventiva la excepción y la libertad el punto de partida.
Sin embargo, el mito empuja en sentido contrario; instala la idea de que liberar es fallar, que respetar garantías es ceder y que la prudencia jurídica es complicidad. En ese clima, la política encuentra terreno fértil para endurecer, ampliar figuras penales, restringir excarcelaciones y multiplicar el encierro como si fuera la única respuesta posible.
Pero expandir el sistema penal no resuelve las violencias; las encapsula, las esconde, las administra detrás de muros cada vez más altos. La “puerta giratoria” no explica la inseguridad; la simplifica, no describe la realidad; la distorsiona, no aporta soluciones; habilita atajos.
Es, en definitiva, un relato eficaz porque permite no mirar donde duele y evita hacerse cargo de lo complejo. La puerta no gira; lo que gira es el discurso que insiste en hacerla girar.
Y mientras ese relato sigue en movimiento, las cárceles se llenan, la excepcionalidad se vuelve regla y la deuda estructural permanece intacta. Tal vez el verdadero desafío no sea cerrar más puertas sino animarse a abrir otras; las de la inclusión real, la inversión sostenida y una prevención inteligente que no llegue tarde.
Porque la seguridad no se construye negando derechos sino garantizándolos, y no se fortalece ampliando el encierro sino reduciendo las condiciones que lo vuelven (una y otra vez) inevitable.





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